viernes, 28 de octubre de 2011

Revolución

El capitalismo, tal como lo conocemos desde la doctrina del Liberalismo, es un asunto bastante reciente, que adquiere fuerza con la Revolución Industrial, y que es resultado lógico de un tipo especial de servidumbre, y por lo tanto, de propiedad; pero es también “la culminación contemporánea de toda la tradición política occidental”. Es así, la cristalización (actual, porque cada época ha participado de una etapa específica de un proceso evolutivo, como el Feudalismo o la Monarquía) de un pensamiento político y económico de muy vieja data, escabrosamente vieja.

Leyendo algunos textos de Gayle Rubin, Gioconda Espina, Shulamith Firestone y Adrienne Rich, aunado a mis otras lecturas, se van deshojando las pieles de la cebolla hasta llegar a la Nada, en cuyo centro flota el agrio hedor de la opresión de la mujer, y del inicio de la división de clases y de la propiedad privada en ese funesto, incómodo y equivocado acto. La piedra sobre la que el Capitalismo creó su iglesia es lo que Rubin llama “la derrota histórica de las mujeres”.

Todos los sistemas políticos, en uno u otro momento de su evolución, han sido abanderados de los más altos valores humanos; y todos lo han sido (en ciertos modos), hasta alcanzar la decadencia. Hoy día asisto a otra vuelta más de tuerca. El Socialismo, con su profundo alcance emotivo y social, declara abiertamente su guerra contra el Capitalismo, pues dice estar dispuesto a acabar con los estragos causados por la propiedad privada y el individualismo. Y para hacerlo manotea sombras: expropia terrenos, empresas, edificios. Dice luchar contra la división de clases, pero lo que hace es intercambiar roles de poder. Al igual que el Capitalismo y la Doctrina Liberal, y el Feudalismo, y la Monarquía, y la República, es incapaz de comprender y o de aceptar la sede de la enfermedad, ocupado como está en calmar los síntomas.

Es cierto que ninguna lucha se da por separado y que usualmente es la acumulación de causas lo que desata las luchas; entonces claro, podríamos decir que algo como hacer la Revolución tiene muchos frentes, entre los que privan los más urgentes aunque no siempre los más importantes. En Socialismo nos entregamos a lo inmediato, a la piel, a la necesidad imperiosa y básica, porque claro, al persistir la idea de que para lograr el cambio hay que reeducar, debemos salvaguardar la existencia del futuro estudiante. Eso me queda clarísimo. Lo que no me queda tanto, es que permanezca en la piel y se cague cuando de ser Revolucionario, cuando de descender hacia la luz se trata.

Si el origen de la propiedad privada, si el origen de la división de clases, si el origen de la explotación está en la opresión de las mujeres, un movimiento Revolucionario sabría qué hacer; sabría, por ejemplo, que está en el deber de destruir la familia tradicional y se avocaría a ello, o por las armas, o por la voluntad política desde un gobierno realmente liberador. No obstante, que esto no ocurra no me extraña en absoluto. Es lo que se espera de una cultura en exceso enquistada cuyo veneno naturaliza los anticuerpos. Ningún sistema de gobierno accederá a su propia aniquilación, pues de existir un gobierno que liberase verdaderamente al ser humano, ese sólo acto lo anularía y dejaría de existir.

De lo cual se deduce que estamos en guerra contra todas y cada una de las formas de gobierno, porque ellos mismos se sostienen sobre los escombros de la esclavitud de la hembra de la especie. Tampoco me extraña que en nuestra lucha por la liberación unamos nuestras banderas con las de aquellos que reclaman la curación de los síntomas. Lo que me extraña, es que las confundamos. Saber identificar que unos gobiernos son más aliados que otros es necesario, pero lo es también saber que el sueño, que la utopía, es aniquilarlos. La historia está llena de revoluciones. Todas nos han traído hasta aquí, hasta este atolladero económico, político y social. Ninguna ha sido La Revolución de las Mujeres.

Entiendo ese complejo y difuso termino político llamado “izquierda” como el lugar desde donde se combaten todas las formas de opresión y de desigualdades; entiendo también que desde ese lugar hay diversas manifestaciones políticas y que sólo una de ellas representa la causa de las mujeres; es decir, que sólo una de ellas mete el dedo en la llaga. Y que precisamente por eso, es un movimiento que hay que dispersar en otras batallas, que hay que llenar de otros discursos, que hay que adocenar y así, quitarle su carácter radical y su falta de gentileza con el Macho Dominante. Lo que impide el advenimiento de una Revolución Cultural absolutamente necesaria en los tiempos que corren.

Lo que los hombres que se llaman a sí mismos revolucionarios parecen querer cambiar al combatir el Capitalismo es su propia condición de siervos al sistema esclavista que ellos mismos ejercen. No pueden hacerlo. Son unos yonquis. Hay que tomar las riendas del asunto. Pero para eso debemos estar muy claras en quién es el enemigo, y en sus poderes de persuasión. Esto no es una consigna anarquista, sino sexual. Hay que practicar el tiro al blanco. Estamos en deuda con nuestra propia Revolución.