lunes 24 de octubre de 2011

Las intensas


a mis amigas


Es maravilloso sentarse a veces a disfrutar del nivel pragmático del habla nacional; coger una palabra y darle vueltas, sabiendo que se está ante un misterio, ante un ente mágico capaz de investirse múltiples rostros e intenciones. Esta tarde líquida nos sentamos en un banco de la universidad a diletantear con la palabra Intenso, y su uso en expresiones como “Pero tú sí eres intensa” y “Relájate, deja la intensidad”. Quizá no haya mucho que decir, a los nacionales nos queda claro.


No obstante, como mi oficio es la procrastinación, yo diletanteo a mansalva. El DRAE, en su página 834, dice deIntensidad, dos puntos: Grado de fuerza con que se manifiesta un agente natural, una magnitud física, una cualidad, una expresión, etc. // Vehemencia de los sentimientos y estados de ánimo; y deIntenso: Que tiene intensidad // Muy vehemente y vivo. Ahora bien, qué es una persona intensa o sumida en la intensidad. Y, si, como dice el DRAE, es un (cierto) grado de fuerza, entonces está claro que puede ser medida, como la temperatura, digo, por la impresión (táctil) que deja la presión hecha por cada fuerza en particular. No sé, ahora pienso de pronto en ese gran intenso que fue Kurt Cobain, cuya impresión lo ha convertido en una suerte de mito (heroico) postmoderno.


Pero si pienso en el gran Kurt, entonces comprendo que la definición biológica se me escapa de las manos, porque, cuál es la medida apropiada para lo tácito o incorpóreo. Cuál es el grado de fuerza correspondiente, y correspondiente a qué. La expresión Pero tú si eres intensa, en Venezuela, no sé en los demás países, implica cierto grado de desproporción o desborde de dicha fuerza. Allí, la palabra ha franqueado un límite, se ha deslizado sobre una superficie fuera de lugar, como si implícitamente se reconociera un nivel en el que la palabra se desubica.


Pero entonces, resulta ser también una magnitud física (en tanto fuerza) y por lo tanto tiene un peso. Se me ocurre evocar a la Nina de Aronofsky, cuyo cuerpo se desdobla y es capaz de pronunciar gestualmente el bien y el mal, arrasado como está por una intensidad de otro orden. Entonces, en tanto agente físico se mueve. Derriba sillas. Rompe botellas. Se sofoca. Agita los brazos. Si le bajamos el volumen fácilmente se convierte en una película de Jacques Tati. El/La intensa es usado de manera peyorativa, pero también es una suerte de llamada a capítulo, pues al usar la expresión, el interlocutor también dice Relájate, Bájale dos.


Es peyorativa en tanto señala la ruptura de una convención que es implícita (pero también unívoca, aunque haya ciertos consensos) y que guía las prácticas sociales, como si te dijera La fuerza es excesiva para el sujeto u objeto sobre el que la estás impresionando. Lo cual implica también: Puede no resistirla y quebrarse. Y vivimos atados al orden, temerosos de lo impredecible por caótico. Es una regla, por demás obscura, que nos asegura una cierta convivencia. En tanto social es permeable. De allí, que una fuerza con una intensidad fija pueda no ser excesiva para ciertas superficies y para otras sí, pues en tanto fuerza se mueve dentro de una fuerza social que la arropa, y la modifica. La conquista de un estado de ánimo: un Siddartha, por ejemplo o un Proust postrado en una cama. Magníficos intensos.


Pero es también la vehemencia de una cualidad: esa gente que puede pasar horas conversando con una espontaneidad verbal deslumbrante capaz de instalarte en un limbo lingüístico. Tal vez en otra mesa enmudecería o quizá su cualidad sea no enmudecer, recuerdo ahora esos versos de Silvio: Te doy una canción y hago un discurso sobre mi derecho a hablar. Y es también el grado de fuerza de un sentimiento, la vehemencia que sobrepasa la porción que le corresponde, que le ha sido asignada por una suerte de azar internamente coherente, un azar verosímil.


Al Bájale dos, se le suman dos interrogantes ¿a cuánto equivale dos?, y ¿debo hacerlo? Creo que de esas dos preguntas depende todo, pues recurre a una tabla de medidas propia y reconoce su derecho a cuestionarse sobre las razones por las cuales debería modificar la intensidad, y bucear en ellas hasta encontrar un límite propio, definido por una interioridad intransferible. En su entrada, el DRAE, dice además, que es algo Muy vivo. Personalmente, esa expresión llama a mi mente cosas como Bellas Las Once abriéndose al mediodía, un gato, una libélula, los cangrejos que corren a sus agujeros cuando alguien pisa la arena de la playa.


En el uso local, algo tan despierto a la vida que sobrepasa ciertos límites impuestos por una costumbre consensuada y que de manera implícita todos debemos compartir. Ahora pienso en las mujeres arrogantes y enrolladas de Valerie Solanas, porque, me pregunto, conforme a la educación que les es propia por su estamento social, cuál es el grado de fuerza que una mujer debe ejercer, y sobre qué bases culturales se asienta. Y entonces pienso en lo transgresora que puede resultar la intensidad de las mujeres como un magma que se derrama sobre una cordillera hasta hace poco helada.


Cuál es el grado de disminución que no es negociable, pues en él se define un límite íntimo, es también una pregunta válida cuya respuesta gestará otros eventos de índole desconocida y que habrían de asumirse como modos de vida. Decir que todo cambia es caer en el tópico; pero, cómo medir la oscilación de las fuerzas tácitas, cómo reconocer el lugar que le corresponde a la palabra para que (en su propia intensidad) no resulte desmedida. Menester sería la anarquía de la costumbre, relajarla, bajarle dos, distender el arco de la vida.


Me gustan las intensas, las que no se callan, las que defienden su derecho a no estar de acuerdo, las que saben que han sobrepasado un límite pero responden con arrogancia, conocedoras de su poder. Las que están vivas. Las que se conquistan a sí mismas, y en su quehacer nos contagian. Las que se mean en los usos y costumbres propios de su género. Y además lo saben.