Los aqueos arrasaron Troya para poseer La Belleza, su botín. Qué deberá arrasar Helena para poseerse a sí misma. Cuándo llegará su liberación. Cuándo dejará de ser el chivo expiatorio del poder. En qué momento elige a Paris a campo abierto junto a la orilla de un río y fractura su destino. Ella no es sólo la preferida de Afrodita sino el síntoma de Atenea cuando se rebela ante el padre y éste le quema la mano. La elección de Paris es reivindicativa.
Mucho se ha dicho sobre el encuentro de Paris con Las Gracias, y su sometimiento a los poderes de Afrodita, quien le promete darle a la mujer más hermosa. Hay quien entiende que la diosa hechizó a Helena, lo cual implicaría cercenarle su capacidad de decisión. De ser así, se da a entender que en efecto, esa capacidad ya la poseía de antes, por lo cual se le adjudica un cierto grado de libertad que le es propio.
Es baladí discutir si en realidad fue usurpada por la diosa. Pero lo que no lo es, es el hecho de que ella subió a aquel barco y se marchó con Paris, abandonando a un rey poderoso que la había intercambiado y que la consideraba propiedad privada, hasta el punto de emprender una guerra sólo con el fin (aparente) de que le fuese devuelta. Este hooligan, cuenta con la lealtad de otros reyes y guerreros, que como él, defienden la propiedad exclusiva sobre sus mujeres.
Toda la historia está llena de grandes actos de heroísmo, y de miserias, que no casualmente, empiezan con Helena y terminan con Penélope. La transgresora y la fiel. Al caer Troya, se controla la transgresión. Helena debe ser devuelta, pero ésta huye, algunos dicen que fue a dar a Egipto, en lo que todos coinciden es en que huye, como las ninfas que corrían despavoridas por las vertientes de los ríos perseguidas por los sátiros.
Helena huye de quien busca someterla a una ley ajena, y violenta; y de volver a nacer, probablemente imitaría el gesto de Artemisa, cuando sentada en las rodillas de su padre, le solicitó el permiso para no tener hombre. La caída de Troya es la mano ardiendo de Atenea, es la derrota de la rebelión, pero también la escenificación del absurdo ante la imposibilidad de Menelao de obtener lo que deseaba, a pesar de haber arrasado una ciudad, que entonces es dejada atrás por Ulises para ir en busca de su propia mujer y de su hijo.
El primero libra una batalla con otro ejército de guerreros, y el segundo lo hace con sus propias sombras, durante veinte años, para poder comprender la magnitud de la mujer que espera, la que hace suyo el trámite y defiende la fidelidad, la paciencia, el aguante, el hastío interminable de las horas que hilan su mortaja. Es necesario que la mujer espere a que su hombre navegue, se pierda, se encuentre a sí mismo, disfrute… que espere.
Ese hermoso poema de Cavafis, Ítaca, es un canto épico a la grandeza del viaje heroico del Ulises que todos llevamos dentro; pero, ¿dónde está la canción de la mujer que espera? Quizá esté allí, en la lección griega. Al final Ulises despacha a los pretendientes y se vuelve próspero. El héroe ha ingresado a la civilización, al orden, es dueño de tierras, tiene prestigio, un hijo y una mujer que es el modelo de la fidelidad. El corolario de la caída de Troya.
Pero, ¿qué hubiese pasado si la perseverante y astuta Penélope hubiese engrosado el ejército de una Helena liberada? ¿Cómo se contaría esa historia? ¿Con quién libraría batalla singular Andrómaca tras los muros de la ciudad sitiada? ¿Qué hubiese pasado si la negativa transgresora de Helena no hubiese sido capitalizada por el poder de Príamo sino que hubiese cristalizado en una revuelta por la emancipación?
Sé que también es baladí cuestionarse esto, pero no deja de sorprenderme lo poco que ha sido cuestionado. Helena y Penélope son espejo una de la otra, en tanto bases constituyentes de la cultura tal cual la conocemos; reglada bajo una serie de valores consumidos como naturales. El problema llega a la hora de la digestión: Helena es la acidez. Los sabios de la época relatan que fue engañada, que no sabía lo que hacía, pero que era capaz de tomar decisiones, y aún –cuentan- cuando se dio cuenta del engaño, decidió permanecer en Troya. El momento en que Helena se libera es un furúnculo cultural, que debe ser curado con Penélope. Es imposible olvidar la paideia griega y su interés por educar a los ciudadanos de su tiempo. La misma paideia nacional en la que se lucha por Helena, pero a quien se quiere tener es a Penélope
Seguimos enfermos, todos nosotros; enfermos de cultura; adolescentes de nuestra división. El líquido que irriga nuestras arterias sociales continúa siendo venenoso, pues corrompe nuestros modos de relacionarnos convirtiendo nuestras cercanías en simulacros. Helena es una imagen poética creada para educar, pero para educar en qué. ¿En la rebelión o en la obediencia?
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