domingo, 3 de julio de 2011

Carta abierta a Joachin Berendt

A los 22 años yo no había oído hablar del Jazz, lo cual no significa que no lo hubiese escuchado, pero sin conciencia de ello. Por supuesto nunca antes había formado parte de mis intereses puesto que no existía, hasta que en ese momento leí la Rayuela de Cortázar. Entre mis vagos recuerdos de aquella primera lectura, había una sensación de alegría diáfana, y de angustia por no entender mucho de lo que en el libro se hablaba, como el Jazz. Hasta ese entonces yo no había sido sino una lectora de los mismos cuatro poetas, consumidora de películas, y asidua a todo bestseller que caía en mis manos. Después pasaron muchas cosas, como que comenzase a comprar discos de Jazz, y me recordaban algo; algo que luego olvidé. Con los años y gracias a Internet, me los he ido descargando poco a poco. Mi amigo Vladimir, músico y melómano me cuenta su relación con la música, me pasa discos que escucho durante la noche en mi habitación de Caracas, a veces hablamos de lo que escucho, o por lo menos yo intento contarle cómo me va con una band u otra. Pasamos por todos los géneros: desde el blues hasta las corrientes contemporáneas. Y en todos esos discos maravillosos hay Jazz. Así que decido irme para atrás y escuchar clásicos del jazz y del blues, como si quisiera encontrar el origen de los sonidos que dan vida a mi presente. Todos esos sonidos vuelven para recordarme algo. Y es así como termino revisando páginas web, blogs, zonas de descargas, para poner un poco de orden, e ir diferenciado un instrumento de otro, tratando de reconocer algo dentro de ellos. De pronto siento el impulso de coger otra vez la Rayuela, pero el placer de pasar noches enteras escuchando música me lo impide. Dejé de usar mi ipod: están más presentes en mí los sonidos de la calle, escucho voces, y motos; y dejo para la intimidad de la noche, el Jazz. Como si fuera una amante. Sólo lo disfruto, normalmente no puedo dejar de mover los pies, me chupa de mi cotidianidad, me instala en otra órbita, digamos que en un anillo de Saturno. Se ha vuelto agradable volver a casa, pues en ella el Jazz me espera. Y buscando como una hambrienta más discos para mi sed, me encuentro con su libro que he ido leyendo página a página escuchando la música de la cual usted habla. Algo así como que leo y me detengo para cambiar el tema de acuerdo a los estilos y músicos sobre los que usted va hablando, y retomo la lectura. Su libro ha añadido nuevas imágenes a mi imaginario, y es el único que quiero leer cuando llego a casa; es la primera vez que me enamoro tanto de un libro que no sea de ficción. He leído muy pocos historiadores que sean capaces de expresar tan profundo amor por el objeto historiado, como usted lo hace en su libro. Y creo que en mi caso, eso tiene mucho que ver con que el Jazz es para mí un placer solitario, intransferible. No puedo decir que esté aprendiendo mucho, en el sentido positivista de la expresión: tengo muy mala memoria, soy muy despistada, y me entusiasmo por muchas cosas al mismo tiempo; es muy débil mi capacidad de concreción. Pero lo que me da se traduce en música, y siempre me ha parecido fascinante la música que sale de los libros, la manera en la que pueden sonar unos buenos versos: el ritmo que su libro tiene. Pero además, trastorna la relación que hasta este momento yo tenía con el Jazz, y la vuelve más íntima y profunda. Y ahora me gusta más. Escucharlos a todos, y entre ellos, escuchar a Miles Davis, el profeta. Después de escuchar música en la calle, de distraerme, de prestar mayor atención a otros asuntos, y tras el paso de los años marcados por la inconsciencia, hace aproximadamente un año escuché por primera vez el disco Kind Of Blue, y lo repetía muchas veces, pues instalada en ese sonido yo podía adquirir cierta serenidad. Luego escuché In A Silent Way. Y me hizo sentir que podía ver la Belleza otra vez. Digamos que estoy en la fase “fiebrúa por la música”. Porque en cierto modo, en el Jazz he encontrado una fuente de paz. Durante la noche, los dejo fluir a todos y mezclarse en mis bandas sonoras. Hace más humana mi vida, igual que la literatura y la poesía. Y a todas esas emociones su libro les pone hondura. Al escuchar sólo la música, creo acercarme a comprender eso que decían los jazzmen sobre que el Jazz se trataba de algo más que sólo de música. De otra cosa además. De qué, me pregunto escuchando una band, y tratando de hundir la mano en la niebla. Paso una tarde escuchando Salsa macabra y sintiendo que todos los sonidos tienen una fuente común que sólo es aprehensible en la unión de los múltiples significados. Una fuente común.